Mi padre, que en paz descanse, me contó que cuando era niño, conoció a un amiguito de su misma edad en la comunidad de Maltrata, en Veracruz. Con el paso de los años, aquel niño creció, y ya en la adolescencia, salió un día al campo como lo hacía con frecuencia, pero esa vez no regresó al anochecer.
Al no llegar a casa, su familia se preocupó, así que salieron a buscarlo con ayuda de algunos vecinos. Al cabo de unas horas lo encontraron caminando desorientado y sin rumbo, con visibles golpes en brazos y piernas, como si hubiera sido arrastrado. De inmediato lo llevaron a su casa para atenderlo.
Cuando por fin se tranquilizó y pudo hablar, les contó algo extraño que le había sucedido. Dijo que, mientras caminaba, encontró una moneda incrustada en un árbol y que, sin pensarlo, se la guardó en el bolsillo. En ese momento, de la nada, apareció un hombrecito que lo miró con desprecio y se le fue encima. A partir de ahí, dijo que todo se le nubló y que no recordaba nada más.
Esa misma noche, el joven despertó sobresaltado y volvió a entrar en un estado de descontrol. El ruido que hacía fue tal, que incluso alertó a algunos vecinos. Decía que un ser pequeño lo mordía mientras dormía. Al principio, quienes lo rodeaban pensaron que estaba alucinando, pero al mostrarles la mano, se veían con claridad marcas de dientes pequeños en la piel.
Asustados por lo que veían, llamaron al curandero del lugar, quien aseguró que se trataba de un duende enfadado, decidido a recuperar lo que él consideraba suyo.
Al caer la noche siguiente, el curandero decidió realizar un ritual. Sentaron al joven en el centro del cuarto, con sus padres alrededor para acompañarlo, mientras él se colocaba frente a ellos sosteniendo una vara de rosa, preparada con un líquido que parecía algún brebaje o agua bendita. Le indicó que, si el duende se manifestaba, no debía mostrar miedo, sino enfrentarlo.
El muchacho describía al ser como una figura envejecida y delgada, vestida con pantalones cortos, uñas largas y sucias. Decía que mostraba los dientes afilados, y que gruñía al morder.
Esa noche nadie logró ver nada con claridad, pero los gritos del joven volvieron a escucharse, mientras en su cuerpo aparecían nuevas marcas. En un momento gritó que el duende estaba frente a él, y que se le venía encima. El curandero agitó la vara, y golpeó con fuerza en la dirección de la figura. En ese instante, algo se alejó entre los maizales. Fue entonces que los perros comenzaron a aullar con desesperación. Después de esa noche, el ser no volvió a manifestarse ni se supo nada más de él.
¡Fin!
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