Me llamo Julián, y crecí escuchando las historias de mi abuelo. Pero de todas las leyendas que me contaba, hubo una que se me quedó grabada desde niño, una que jamás he podido olvidar...
La historia del toro de fuego.
Decía el abuelo que, cada año en Semana Santa, justo la noche del Viernes Santo, allá en lo alto del Cerro de la Cruz, aparecía un toro... pero no uno cualquiera. Este era negro como el carbón, enorme como un caballo, y tenía los cuernos ardiendo en llamas. Se le veía parado en la punta del cerro, respirando vapor por las narices y con los ojos como brasas vivas.
Y lo más increíble: decía que ese toro, estaba lleno de monedas de oro.
—"Pero nadie se ha atrevido a tocarlo," me decía mi abuelo, "porque para quedarte con el oro, tienes que agarrarlo de los cuernos... y aguantar el fuego sin soltarlo."
Yo pensaba que era puro cuento. Hasta que llegó el año en que lo vi con mis propios ojos.
Fue un Viernes Santo, y yo ya tenía 19. Ya no era un niño, y con mis amigos de la secundaria, quisimos demostrar que éramos hombres. Entre risas y cervezas, uno de ellos —Tomás— dijo:
—"¿Y si vamos al cerro a buscar el toro del que habla tu abuelo?"
Nadie pensó que algo malo pudiera pasar, así que nos aventuramos sin miedo. Éramos ocho en total. Subimos de noche, alumbrándonos con lámparas y faroles.
Cuando llegamos a la cima, todo se quedó en silencio. De pronto, apareció frente a nosotros aquella criatura. Era Majestuoso e inmenso, envuelto en fuego que no consumía su piel, y con monedas de oro saliéndole por los ojos, la nariz y hasta las orejas.
Tomás fue el primero en moverse, impulsado por la ambición.
—"¡El oro es mío!", gritó—. Y sin pensarlo, le agarró los cuernos.
El grito que soltó todavía me persigue en mis pesadillas. Fue un alarido tan profundo, tan humano y a la vez tan animal, que todos retrocedimos. Tomás se retorcía, pero no se soltaba. Sus manos se derretían, pero sus ojos brillaban de codicia.
El fuego lo consumió vivo, Y entonces, el toro se vino contra nosotros.
Corrimos como nunca, pero solo cinco llegamos de nuevo al pueblo. Los otros tres nunca aparecieron.
Mi abuelo me esperaba en el corredor, y al verme aturdido, me dijo:
—"¿Viste al toro?"
Le respondí que sí.
—"Entonces ahora sabes que el oro es real... pero no está hecho para los vivos. Es de los muertos, y el que lo quiera, tiene que pagar con su alma."
Días después, la policía subió al cerro, pero no encontró nada: ni toro, ni oro, ni cuerpos. Solo cenizas... y unas huellas negras con forma de pezuña, marcadas en la piedra.
¡Fin!
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