José había conseguido un empleo como conductor de camiones, lo que a menudo implicaba realizar entregas en horas avanzadas de la noche. Una de esas noches, su hijo menor, Luis, le pidió acompañarlo. A José le pareció una excelente oportunidad para compartir tiempo juntos, por lo que aceptó con gusto.
Comenzaron su recorrido, y cerca de la medianoche, se encontraron transitando por una carretera oscura y desierta que atravesaba un viejo bosque. El trayecto transcurría sin problemas, hasta que, de repente, una sensación de pesadez y frío envolvió el ambiente. José intentó no darle importancia y se concentró en la carretera, pero en ese momento uno de los neumáticos del camión estalló. Con rapidez, y para evitar un accidente mayor, José maniobró hacia la orilla del camino y detuvo el vehículo.
Luis, asustado por el estruendo repentino, preguntó qué había ocurrido.
—No te preocupes, vuelve a dormir. —respondió su padre, cubriéndolo con una manta, mientras llamaba a su trabajo para pedir que le enviaran un neumático de repuesto.
Sin embargo, le informaron que no podrían enviar asistencia hasta el amanecer. Resignado, José intentó descansar un poco. Cerca de las dos de la madrugada, fue despertado por el llanto de una mujer. Al observar por el espejo retrovisor, su corazón se paralizó al ver a una mujer vestida de blanco, vagando por la carretera. Sus lamentos eran desgarradores, y aunque José sintió el impulso de ayudar, la situación y la hora le hicieron dudar.
La figura se acercaba cada vez más. Impulsado por el pánico, José encendió las luces del camión y comenzó a tocar el claxon, con la esperanza de alejarla. Luis se despertó sobresaltado por el sonido, y al ver a la mujer, su miedo creció aún más.
—No te preocupes, cierra los ojos. —le dijo José, mientras encendía el motor y aceleraba para escapar de aquella situación aterradora.
Después de varios minutos de huida angustiosa, José recibió una llamada de su jefe, quien le dijo que iba en camino para ayudarlo. José le aseguró que ya no era necesario, y continuó su viaje hasta su destino para hacer la entrega. Aunque su jefe lo notó visiblemente alterado, decidió no preguntarle nada.
Cuando José llegó a casa, tenía el rostro pálido, lo que preocupó a su esposa y a su suegro. Tras escuchar lo sucedido, el suegro, conocedor de las leyendas locales, les habló de la Dama de Blanco, el espíritu de una mujer, que consumida por el dolor, había ahogado a sus hijos. Arrepentida y desconsolada, su alma errante vagaba por las carreteras buscando a sus hijos.
Esa noche, José y su familia rezaron por el descanso de aquella alma atormentada.
¡Fin!
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