En un pueblo vivía un hombre llamado Felipe, quien dedicaba su vida entera al trabajo de médico forense, una labor que lo apasionaba. Siempre llegaban pacientes de distintas edades, muchas veces adolescentes que habían perdido la vida en accidentes. Pero para Felipe, esto era algo a lo que estaba acostumbrado; no era nada fuera de lo común.
Por cuestiones personales, Felipe decidió mudarse a una nueva zona más cercana a su trabajo y aparentemente más tranquila. Sin embargo, se llevó la sorpresa de encontrarse con un vecino envidioso llamado Francisco. Desde el primer día que Felipe se mudó, este vecino lo miró con malos ojos, todo porque Felipe tenía una camioneta del año que despertó la envidia de Francisco.
Desde entonces, la vida de Felipe se volvió un infierno. Durante los próximos meses, Francisco le hizo la vida imposible, contando calumnias en el barrio y provocándole mala reputación. A pesar de todo, Felipe era conocido por ser un hombre íntegro y bueno con todos. Por otro lado, Francisco se había ganado muchos enemigos por su mala conducta; incluso se metía a la casa de Felipe a robar mientras él estaba en el trabajo, pero siempre se hacía la víctima.
Una noche, Francisco salió a una fiesta donde había varios de sus enemigos. Ellos planearon y esa noche le quitaron la vida de una manera espantosa, dejando su cuerpo tirado hasta el día siguiente. Al enterarse de su muerte, muchas personas lo lamentaban no por algún sentimiento, sino porque les debía dinero a varios.
Al día siguiente de su muerte, su cuerpo fue llevado a la morgue para hacerle la autopsia. Como no tenía familia muy cercana, lo dejaron para la noche. Esa noche, Felipe se encargaría de hacerle la autopsia. Cuando lo vio, rezó un padre nuestro y, a pesar de todo, le deseó un feliz descanso eterno. Durante la autopsia, Felipe se encontraba solo con el cadáver de Francisco.
Luego de unos minutos, escucharon un grito proveniente de la sala de autopsia. Los presentes fueron a supervisar el área y encontraron a Felipe tirado en el piso, con la lengua afuera y marcas de dedos en su cuello, como si alguien lo hubiera ahorcado. Lo más escalofriante era que el cuerpo de Francisco se encontraba del otro lado de la camilla, con un semblante de burla en su rostro, como si estuviera sonriendo.
Todos quedaron petrificados ante aquello. Al día siguiente, dieron sepultura a ambos por separado. Aún hoy, muchos dicen que fue un paro cardíaco, pero las marcas en el cuello dicen otra cosa.
¡Fin!
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