Soy Ana Paula, una arquitecta apasionada por explorar los rincones más recónditos de México. Un viaje en solitario por carretera de Ensenada a Mérida, Yucatán, se convirtió en una travesía hacia el terror más profundo.
La aventura comenzó con un entusiasmo contagioso. Kilómetros de paisajes desérticos y pueblos pintorescos se desplegaban ante mis ojos. La primera noche, en un solitario hotel de Sonora, una figura sombría me heló la sangre: un hombre alto y delgado, vestido de negro azabache, con una mirada penetrante que parecía taladrar mi alma. Su presencia fantasmal me perturbó profundamente, pero traté de convencerme de que era solo una mala jugada de mi imaginación.
Al día siguiente, la imagen del hombre se repitió en un restaurante de Nayarit. Su silueta espectral se recortaba contra la luz tenue del atardecer, observándome con una fijeza inquietante. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. ¿Era posible que me siguiera?
La duda se convirtió en certeza en un motel de Jalisco. Al salir de mi habitación, lo vi de nuevo, esta vez más cerca, con una sonrisa macabra dibujada en sus labios.
A medida que avanzaba hacia el sur, la presencia del hombre se intensificaba. Lo veía en los espejos retrovisores, en las sombras de las gasolineras, en el reflejo de los escaparates. Su persecución invisible me convertía en una presa acorralada.
Al llegar a Mérida, un espejismo de esperanza se apoderó de mí. Creí que había escapado de mi tormento. Pero una noche, mientras regresaba de una cena, una mirada gélida, se reflejó por el espejo retrovisor de mi auto. Aquel hombre estaba sentado en el asiento trasero, con sus ojos vacíos y su sonrisa siniestra. Un grito ahogado brotó de mi garganta mientras aceleraba sin rumbo, buscando refugio.
Desde esa noche, la figura fantasmal se convirtió en mi sombra constante. Lo veía en cada esquina, en cada reflejo, en cada susurro del viento. La cordura comenzó a escaparse de mis manos, reemplazada por un terror paralizante.
Una noche, en medio de una tormenta eléctrica, escuché su voz ronca en mi habitación: "Estás condenada a ser mía!", susurró. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, dejando mi cuerpo paralizado. ¿Acaso es la muerte que me persigue?
Ahora, cada vez que emprendo un viaje, sé que el hombre de negro me acecha, esperando el momento oportuno para atraparme en su red de terror. Y cada noche, en la oscuridad de mi habitación, escucho su susurro macabro: Nunca escaparás.
¡Fin!
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