En el corazón de un bosque milenario, donde la luz del sol se filtraba a través de las hojas , se encontraba una aldea. Sus casas de madera, adornadas con flores silvestres, se alineaban en torno a la plaza central. Pero en las afueras del pueblo, se erguía una choza solitaria, hogar de la enigmática Mujer de Blanco.
Los aldeanos la llamaban así por su espectral presencia. Su vestido blanco, como la nieve recién caída, ondeaba al ritmo de la brisa, mientras ella vagaba por el bosque como una aparición. Su rostro, velado por un manto de neblina, ocultaba secretos que solo las sombras conocían.
Cada mañana, la Mujer de Blanco emergía de su morada, sus pasos resonando en el silencio del bosque como un presagio de misterio. En sus brazos, sostenía con ternura un muñeco de madera, cuyos ojos de cristal parecían tener vida. Algunos decían que era un recuerdo de un hijo perdido.
Nadie se atrevía a acercarse, temerosos de su aura de misterio y de las leyendas que la rodeaban. Algunos pensaban que era una bruja, capaz de controlar las fuerzas de la naturaleza con solo un susurro. Otros decían que era un ángel caído, atrapada en una prisión mortal por sus pecados.
Un día, una joven llamada Anna, desafiando las advertencias de los adultos, se dirigió hacia la choza de la Mujer de Blanco. Su corazón latía con fuerza, pero su curiosidad era más poderosa que el miedo. Al llegar a la puerta, la abrió con una mano temblorosa y se adentró en la penumbra.
La Mujer de Blanco la recibió con una sonrisa melancólica. Sus ojos, aunque velados por la neblina, transmitían una profunda tristeza. Anna, sintiendo una extraña empatía hacia la misteriosa mujer, le preguntó con voz suave:
—¿Por qué llevas a ese muñeco contigo? ¿Acaso no sabes que no tiene vida?
Un escalofrío recorrió la espalda de Anna cuando una risa infantil resonó en la habitación. Provenía del muñeco de madera, que parecía haber cobrado vida por un instante. Sus ojos de cristal brillaron con una luz siniestra y una voz ronca susurró:
—No es ella quien me lleva a pasear, sino yo quien la conduce. Y ella ya no pertenece a este mundo.
En ese momento, el vestido blanco de la mujer se deshizo en una nube de niebla, dejando al descubierto la ausencia de un cuerpo. Anna, horrorizada, huyó de la choza, perseguida por la risa fantasmal del muñeco.
Desde ese día, la Mujer de Blanco se convirtió en una leyenda aún más aterradora en la aldea. Su historia se transmitía de generación en generación, advirtiendo a los niños sobre los peligros de la curiosidad y la oscuridad que se esconde en los rincones más profundos del bosque.
¡Fin!
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