La noche descendía sobre la Universidad como un manto oscuro. El viento aullaba con ferocidad entre las ramas, arrancando las hojas secas. Yo, un profesor exhausto tras una ardua jornada de clases, esperaba pacientemente el transporte que me devolvería a mi hogar.
Un escalofrío recorrió mi espina dorsal cuando un gemido lúgubre resonó a la distancia, como el lamento de un alma en pena. De pronto, una figura emergió de las profundidades de la noche, una silueta oscura montada sobre un sabueso negro de ojos llameantes. El terror se apoderó de mí al comprender que se dirigían directamente hacia mí.
Sin pensarlo dos veces, emprendí una huida desesperada por las calles desiertas, el sonido de las garras del sabueso resonando en mis oídos como un tambor fúnebre. El viento helado azotaba mi rostro mientras me adentraba en un baldío tenebroso junto a la Universidad.
A lo lejos, entre los árboles, divisé la silueta de una capilla abandonada. Sin otra alternativa, corrí hacia ella en busca de refugio, un santuario profano que parecía prometer protección contra las fuerzas malignas que me perseguían.
Al deslizarme por la puerta entreabierta de la capilla, un escalofrío recorrió mi cuerpo. En el interior, una figura se materializó ante mí sobre el altar, una niña de aspecto diabólico con una sonrisa siniestra dibujada en sus labios pálidos.
El terror me paralizó. Intenté huir hacia la parte trasera de la capilla, buscando una salida desesperadamente, pero la puerta de madera maciza parecía resistirse a mis esfuerzos. La niña se acercaba lentamente, su risa infantil resonaba en la oscuridad.
Grité con todas mis fuerzas pidiendo auxilio, pero mis palabras fueron devoradas por el silencio sepulcral de la capilla. En el último instante, cuando la niña estaba a punto de alcanzarme, la puerta cedió de golpe y me precipité hacia la noche, cayendo en un abismo de oscuridad.
El viento cesó de repente, dejando un silencio inquietante que solo era roto por el canto de los grillos a la distancia. Me levanté tembloroso, con el cuerpo adolorido y la mente llena de terror. Caminé hacia la calle, donde finalmente vi el autobús que me llevaría de regreso a casa.
Al subir al vehículo, me senté en un asiento, tratando de recuperar el aliento y calmar los latidos acelerados de mi corazón. Sin embargo, mi alivio fue efímero. Al mirar por la ventana, vi la figura de la niña diabólica observándome desde la ventana rota de la capilla, sus ojos llenos de malicia y una sonrisa burlona en sus labios.
Al abrir mi mochila, con manos temblorosas, encontré el tablero de ouija que había ignorado y maltratado durante una fiesta el fin de semana anterior. Un sudor frío recorrió mi frente al comprender que, tal vez, mis burlas y falta de respeto habían despertado a una fuerza maligna que ahora me perseguía, ¿Sería la niña diabólica la guardiana de aquel tablero maldito?.
¡Fin!
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