Los ancianos siempre han dicho que jamás se debe llevar nada de un cementerio. Es un lugar sagrado que demanda respeto, y debemos comprender que no todas las almas que descansan allí han encontrado la paz. Algunos se quedan atrapados, aferrándose a lo más insignificante.
Cuenta una leyenda urbana que un grupo de adolescentes, aburridos de sus clases, decidió faltar a la escuela y pasar la mañana deambulando por un cementerio. Recorrieron las hileras de tumbas, admirando el contraste entre las lápidas cuidadas y las que yacían en el olvido. Mientras se disponían a marcharse, una de las chicas notó una flor amarilla que crecía en una tumba solitaria. La flor le pareció tan hermosa, que no pudo resistir la tentación de arrancarla y llevarla consigo.
Al llegar a casa, plantó la flor en una pequeña maceta en el rincón del jardín, manteniendo el secreto de su excursión y de la flor, alejado de sus padres. Les había mentido, haciéndoles creer que había asistido a clases como siempre.
Pasaron unos días, y de repente, la niña cayó enferma. Se levantó una mañana con fiebre alta y malestar general, incapaz de levantarse de la cama. Los síntomas empeoraban con cada día que pasaba: escalofríos que le recorrían la columna y pérdida de apetito.
A medida que su estado empeoraba, la llevaron al médico; pero ningún tratamiento parecía funcionar. Las noches se volvieron una verdadera pesadilla para la niña, quien, incapaz de dormir, empezó a escuchar susurros y lamentos provenientes de su propia habitación. Aunque gritaba, y sus padres acudían a calmarla, los sonidos no cesaban.
Una semana después, el ambiente en la casa se tornó inquietante para todos. Sus familiares empezaron a experimentar fenómenos extraños: pasos que resonaban por los pasillos vacíos, susurros inexplicables, y un viento frío que circulaba por la casa, a pesar de que todas las ventanas estaban cerradas. La enfermedad se extendió; todos en el hogar comenzaron a sentirse debilitados.
Fue entonces cuando el padre, en medio de una de esas noches inquietantes, escuchó claramente una voz que susurraba: "Devuélveme mi flor". Al compartir lo que había oído con el resto de la familia, la niña finalmente confesó lo que había hecho en el cementerio. La conexión era evidente.
Aunque todavía débil, la niña y su padre tomaron la flor y la llevaron de vuelta al cementerio, devolviéndola a la tumba de la que había sido tomada. Rezaron por el alma del difunto; y la niña con lágrimas en los ojos, pidió perdón por su error.
Esa misma noche, los extraños sucesos en la casa, como los lamentos y susurros, finalmente cesaron, y la salud de la niña comenzó a mejorar. Parecía que, al devolver la flor, también habían restablecido el equilibrio que sin querer habían roto.
Por eso, siempre es importante mostrar respeto por los cementerios y por lo desconocido. Los antiguos incluso tenían la costumbre de limpiar sus zapatos al salir de esos lugares, asegurándose de no llevarse ni un rastro de la tierra que los cubre.
¡Fin!
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