Esto que voy a contar me pasó cuando tenía como doce años, allá en mi comunidad, cerca de Ayacucho. Nunca lo había contado por completo, porque siempre pensé que no me iban a creer.
Todo empezó una noche. Yo me encontraba durmiendo, cuando un ruido extraño me despertó. Aquel ruido no era de algo que podía identificar, porque parecía al de un animal y también al de una persona.
El ruido provenía del corral, que se encontraba detrás de la casa. Al principio pensé que era una de nuestras llamas que se había enfermado, porque el sonido era algo parecido al que hacen ellas, pero lo extraño era que tenía un tono humano, como si tuviera la garganta inflamada.
A pesar del frío intenso me levanté, agarré la linterna vieja que teníamos y me dirigí hacia el corral, para revisar qué es lo que estaba sucediendo.
Al llegar, apunté la luz de la linterna al interior del corral, pero la linterna parpadeó una y otra vez, y eso solo me puso más nervioso. Había algo agachado, como si estuviera comiendo del suelo. En ese momento pensé que era un perro grande, pero esa suposición duró poco; porque cuando levantó el cuello me di cuenta de que no se parecía a nada que yo hubiera visto antes. El cuello era demasiado largo y delgado, casi como si no tuviera huesos que lo sostuvieran. La cabeza parecía humana, pero estirada, con la boca torcida hacia un lado, y todo el cuerpo repleto de lana. Se movía de una forma que no correspondía a ningún animal conocido. Las patas parecían no coordinar sus movimientos, como si no supiera cómo sostenerse.
Se movió primero en dos patas, como si intentara levantarse, pero enseguida cayó en cuatro, y cada vez que avanzaba se escuchaban fuertes crujidos. Pero lo peor fue el sonido que emitió; no fue un gruñido ni un chillido; sonaba como: "jaaaar... jaaaar..."... como si estuviera intentando decir algo.
Yo me quedé paralizado. Quise moverme, pero no pude. La criatura giró la cabeza hacia mí, mientras su cuerpo seguía orientado al otro lado; y sus ojos brillaron como los de una llama asustada.
Cuando por fin pude reaccionar, corrí a la casa. Cerré la puerta bruscamente y me escondí detrás del fogón, temblando. Mi papá, que había escuchado el golpe que hice, se levantó y salió con un palo, pero cuando llegó al corral, ya no había nadie. Lo único que encontró fueron huellas profundas y desordenadas, como si aquello hubiera caminado en dos y en cuatro patas al mismo tiempo.
A la mañana siguiente, los vecinos dijeron que podía ser la Qarqacha, que aparece cuando alguien cercano carga un pecado que no quiere confesar. Yo no sé si eso sea verdad o solo una explicación más. Lo único que sé es lo que vi esa noche, y no era algo de este mundo.
¡Fin!
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