En una ciudad golpeada por la Gran Depresión, la pobreza era una realidad palpable. Entre la multitud de rostros preocupados por la lucha diaria, una mujer en particular llamaba la atención del dueño del supermercado, un hombre afortunado por aún tener un negocio y poder alimentar a su familia.
Era una mujer desaliñada, con la mirada perdida, como si cargara con el peso del mundo sobre sus hombros. Día tras día, llegaba a la tienda con dos botellas de leche vacías, las depositaba en el mostrador en silencio y se llevaba dos botellas llenas. La transacción era siempre breve y sin palabras. El dueño considerando la necesidad que aparentaba la mujer, consentía que se llevara la leche sin pagar por el.
Un día, el dueño de la tienda notó algo diferente en la mujer. Su rostro, siempre inexpresivo, ahora reflejaba una profunda angustia. Parecía estar al borde del colapso, y la urgencia en sus movimientos era palpable. Motivado por la compasión, decidió seguirla en secreto después de que ella abandonara la tienda con las botellas de leche.
Para su sorpresa, la mujer no se dirigió al campamento de inmigrantes, ubicado a las afueras de la ciudad como era de esperar. En cambio, se dirigió al cementerio junto al río, un lugar sombrío y solitario. Con el corazón acelerado, el dueño de la tienda la observó desde lejos, mientras ella se acercaba a una lápida específica, y de repente, se hundía en la tierra junto a ella.
Atónito e incrédulo, no podía creer lo que sus ojos veían. De pronto el llanto de un bebé lo sacó de su estupor. El sonido provenía del suelo, del mismo lugar donde la mujer había desaparecido. Sin dudarlo un segundo, corrió de regreso a su tienda y llamó a la policía.
En cuestión de minutos, el cementerio se llenó de agentes y trabajadores que comenzaron a excavar la tumba señalada por el dueño de la tienda. La tensión era palpable en el aire mientras las palas golpeaban la tierra con fuerza. Cuando finalmente se abrió el féretro, una escena escalofriante se reveló ante los presentes.
Dentro del ataúd, yacía sin vida la mujer que había visitado la tienda innumerables veces, con el rostro aún marcado por la angustia. En sus brazos, sostenía con ternura un bebé pequeño y dos botellas de leche llenas. El bebé, milagrosamente, seguía vivo.
¡Fin!
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