Si alguna vez te aventuras por los Andes peruanos, especialmente por esos caminos largos donde casi no pasa nadie, ten mucho cuidado con encontrarte con el Pishtaco. La gente local te lo advertirá en voz baja por temor, porque encontrártelo es una de esas cosas que es mejor no experimentar.
No lo describen como un fantasma ni como un espíritu. Para ellos es un hombre, pero no uno cualquiera. Alto y callado, siempre solo, con rasgos que lo hacen ver ajeno al lugar. A veces lo recuerdan como alguien de piel muy clara, otras como un forastero imposible de ubicar. Siempre carga un cuchillo o machete. Lo más aterrador es que sus pasos son tan silenciosos, que muchas veces no te das cuenta de que está cerca, hasta que es demasiado tarde.
El verdadero miedo no está en verlo, sino en lo que hace. El Pishtaco ataca para extraer la grasa de las personas. En la visión andina antigua, esa grasa no era solo parte del cuerpo: representaba la fuerza, la resistencia, lo que mantiene a alguien en pie. Quitarla era dejar a la persona vacía. Hay quienes afirman que la grasa era vendida o usada para distintos fines, pero nadie puede asegurarlo.
Suele aparecer en lugares apartados; como caminos de altura, quebradas, senderos poco transitados. Su presencia se asocia sobre todo a regiones de Junín, Huánuco, Pasco, Cusco, Ayacucho y Huancavelica.
En esos lugares saben reconocer ciertas señales. Cuando el Pishtaco anda cerca, los animales se alteran sin motivo claro, y la niebla se vuelve mas densa. Por eso la advertencia es simple y clara: no conviene seguir caminando solo, cuando empieza a caer la noche.
Su historia proviene de tiempos remotos. Mucho antes de la llegada de los españoles, ya se hablaba de hombres peligrosos que atacaban en los caminos. Con la conquista, esos relatos se mezclaron con lo que la gente veía a diario. Algunos europeos fueron percibidos como saqueadores, y empezó a circular la idea de que buscaban la grasa de la gente. Con los años, el relato cambió de forma, pero el fondo se mantuvo intacto.
Por eso, si alguna vez caminas solo por los Andes cuando ya oscurece, recuerda esta advertencia: quien se cruza con el Pishtaco no solo arriesga la vida, también corre el riesgo de no volver a ser el mismo.
¡Fin!
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