Aún no olvido aquella noche oscura, donde el viento aullaba entre las ramas. Mis pasos resonaban en la soledad del callejón, como si cada eco amplificara mi miedo. La oscuridad era impenetrable, solo rota por la tenue luz de las farolas a lo lejos.
De pronto, una presencia invisible me heló la sangre. Al girar la cabeza, no vi nada, solo las sombras. Mi corazón latía desbocado, la paranoia se apoderaba de mí, susurrando que no estaba solo.
Intenté calmarme, convenciéndome de que era mi imaginación, pero algo en mi interior me gritaba que estaba en peligro. Apreté el paso, pero los pasos que me perseguían se acercaban cada vez más. La adrenalina recorría mis venas, impulsándome a correr sin mirar atrás.
Me adentré en un bosque tenebroso, donde los árboles se cernían sobre mí como gigantes amenazantes. Las ramas crujían bajo mis pies, como si el bosque también estuviera aterrorizado. La oscuridad era absoluta, solo rota por débiles rayos de luna que se filtraban entre las hojas.
Corrí y corrí, sin rumbo ni destino, solo con la desesperación de escapar de la sombra que me acechaba. Finalmente, tropecé y caí al suelo, exhausto y aterrorizado. Mis pulmones ardían y la vista se me nublaba.
En medio de la oscuridad, vislumbré una cabaña en ruinas. Un refugio, pensé con una última esperanza. Me arrastré hacia ella, buscando cobijo en su interior.
La cabaña era tan oscura como el bosque que la rodeaba. A pesar del miedo, me acurruqué en un rincón, buscando un poco de paz.
De repente, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Una sombra se movía en la penumbra. No estaba solo. La terrorífica figura de una mujer se acercaba lentamente, con sus ojos vacíos clavados en mí. Su rostro era pálido como la luna, y una sonrisa macabra se dibujaba en sus labios.
Un grito ahogado escapó de mi garganta mientras intentaba huir, pero mis piernas no respondieron. La mujer levantó un cuchillo oxidado y se abalanzó sobre mí. Cerré los ojos con resignación aceptando mi destino.
De pronto un sudor frío me despertó en mi cama. Mi corazón aún latía con fuerza y la imagen de la mujer seguía grabada en mi mente. Era solo una pesadilla, me repetí una y otra vez, pero el terror de esa noche me acompañaría durante mucho tiempo.
¡Fin!
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