En esta oportunidad, les voy a contar lo que nos sucedió aproximadamente ocho años atrás. Veníamos de regreso a casa por la autopista Monterrey - Nuevo Laredo; eran como las cuatro de la madrugada. Nuestro vehículo era una camioneta nueva, que habíamos comprado no hacía mucho. De pronto, comenzó a fallar, por lo que tuvimos que parar y orillarnos para que mi esposo la revisara. Según él, todo se veía bien, así que intentó encenderla de nuevo y continuamos nuestro camino. No pasó ni un minuto antes de que volviera a fallar, y nuevamente nos detuvimos. No entendíamos por qué se presentaban estos problemas, si nuestro vehículo era nuevo.
Mi esposo, debido a su ocupación, ha desarrollado una personalidad sólida y enérgica, fruto de su larga carrera militar. Sin embargo, me sorprendió ver en su rostro una mezcla de asombro y temor, una expresión que no era común en él.
Miré en la dirección en la que él observaba asombrado y comprendí la razón de su temor. A unos 20 o 30 metros de nosotros, habían dos siluetas o figuras que no se movían. Aquel lugar era bastante silencioso y desolado, alrededor solo se podía ver campo. A pesar de que el cielo estaba estrellado y la luna iluminaba el camino, era muy difícil distinguir sus rostros. Lo que sí pudimos diferenciar fue que una de las figuras tenía el cabello largo, lo que nos hizo pensar que se trataba de un hombre y una mujer. Pensamos que podrían ser una pareja a quienes habían asaltado para luego dejarlos ahí. Cuando le sugerí a mi marido ir a ayudarlos, él, algo nervioso, me dijo que me subiera rápidamente a la camioneta. Le respondí que no podíamos irnos y dejarlos, pero él, con una voz un poco temblorosa, me pidió que volviera a mirar con detenimiento a las figuras; porque no tenían pies.
Volteé la mirada, y efectivamente, estas no tenían pies. Estaban prácticamente flotando en el aire. En ese momento, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, me quedé muda y hasta perdí la noción del tiempo y lugar. No sé cómo, pero cuando recobré mis sentidos, ya estaba sentada en el asiento del copiloto de nuestra camioneta.
Mi esposo, con el temor reflejado en su rostro, se sentó a mi lado y empezó a orar. Al terminar la oración, encendió la camioneta y nos fuimos de allí a toda velocidad. Ninguno de los dos dijo ni una sola palabra, hasta que llegamos cerca de donde ya se podían ver las luces de la ciudad. Recién entonces pudimos articular palabras, ambos asumimos que se trataban de almas.
A partir de ese día, me era imposible dormir bien. Mi marido, por su parte, y de forma anónima, había realizado algunos trámites para que la policía realizara algún tipo de búsqueda en ese lugar. Efectivamente, cuando la policía realizó la búsqueda, encontraron los cuerpos de una pareja a quienes les habían arrebatado la vida en ese lugar. Nunca supe quiénes eran, pero seguramente fueron víctimas de un asalto.
Mi esposo, que era escéptico sobre las almas, cambió por completo a partir de ese día. Esto lo ayudó a acercarse más a Dios.
¡Fin!
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