Hace varios años, trabajaba como supervisora de cobranzas de la tienda Coppel. Mi trabajo consistía en ir al domicilio de los clientes deudores que aparecían en la lista para hablar con ellos sobre sus pagos atrasados.
Una mañana, llegué a una dirección en donde estuve tocando la puerta por varios minutos para preguntar por la persona que aparecía en mi lista. Después de un buen rato esperando, salió una señora mayor, de avanzada edad. Le pregunté si conocía a la persona que buscaba; ella me dijo que sí, que era ella. Inmediatamente me presenté y le expliqué que venía por los pagos atrasados que tenía. Un poco triste, me respondió que sí tenía intenciones de pagar, que era pensionista y que lo haría apenas recibiera su pensión del mes.
Al oír su buena voluntad, le ofrecí redactar un compromiso de pago, de tal modo que yo pasaría directamente a su domicilio por el dinero. Ella aceptó y firmó el comprobante, pero antes de retirarme le pedí si podía regalarme un vaso de agua. Ella amablemente accedió y entró a la casa, pero se tardó mucho tiempo. Cuando regresó, me dijo que no podía darme el vaso porque era de vidrio. Yo le dije que no se preocupara, que estaba bien, y le agradecí de todas maneras. Ya al retirarme, le recordé que volvería el día que acordamos para recoger el pago.
Al cabo de varios días, volví a la dirección para recoger el dinero acordado. Nuevamente estuve en la puerta tocando por varios minutos. Fue entonces que una mujer de la segunda planta salió y me dijo que en el piso de abajo no vivía nadie. Yo le comenté que ya había venido días atrás y que me había atendido una señora mayor. Ella, visiblemente confundida, me dijo que llamaría por teléfono al muchacho que le alquilaba la segunda planta, ya que él vivía cerca de allí.
Cuando el muchacho llegó, le expliqué la razón de mi visita e inmediatamente le mostré la copia del comprobante que la mujer me había firmado. Sin explicación alguna, el muchacho empezó a llorar al ver el comprobante. Confundida, le pregunté si estaba bien; fue entonces que me dijo que esa era la firma de su madre… pero que ella había fallecido ya hacía varios meses. Al oír lo que me decía, me quedé paralizada: yo había hablado con ella, incluso me había firmado el comprobante. No sabía qué hacer, solo atiné a irme de allí con mucho miedo.
¡Fin!
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